04Jul12

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Pablo Ramos lee “El ángel del bar”.
De fondo: “San Francisco y el lobo”.

Ayer.


Amor /1

30May09

Patricia, la chica que limpia en casa me pidió Un amor de Dino Buzzati. Lo había visto mientras limpiaba una de las bibliotecas del living y hoy le ganó a la vergüenza –es muy tímida– y se animó a pedírmelo. Lo curioso es que cuando lo buscamos, no pudimos encontrarlo por ningún lado: el amor es esquivo.

M., que es una genia, al final, le prestó Amores en fuga, de Bernard Schlink. No son similares, pero está esa palabrita en el título que tanto buscaba la chica.

No son similares. Primero, por una razón evidente: Un amor es una novela, Amores en fuga son cuentos. Segundo, por una diferencia de estilos: Buzzati es poético, más virtuoso; Schlink es más bien seco. Y tercero, porque no estoy seguro de que Buzzati hable del amor; en todo caso, estoy casi seguro de que no lo hace.

[Lo sigo uno de estos días].


Serie: Torta /3

29May09

nueva visita a un mundo feliz

Nueva visita a un mundo feliz
Aldous Huxley


Serie: Torta /2

28May09

el futuro no es nuestro

El futuro no es nuestro
Selección y prólogo: Diego Trelles Paz


Serie: Torta /1

27May09

la joven guardia

La joven guardia
Selección y prólogo: Maxi Tomas.
Prefacio: Abelardo Castillo.


“Cuando llegué, dos hombres violaban a mi mujer”. Todos hemos quedado impactados con el inicio de Era el cielo, de Sergio Bizzio. La primera oración es intensa, el párrafo es intenso. Pero hay algo en la segunda oración que no permite que esta tensión desborde. “La escena me impactó con dosis iguales de incredulidad y de violencia, como si un niño acabara de golpearme con la fuerza de un gigante”. No me gustan las comparaciones: me parecen débiles, interrumpen la narración –especialmente en una escena tan visual como ésta–.

Propongo que todos tachemos esas trece palabras:

Cuando llegué, dos hombres violaban a mi mujer. La escena me impactó con dosis iguales de incredulidad y de violencia. Uno de los hombres, con el pantalón desabrochado, de pie frente a Diana, que estaba de rodillas, la sujetaba de la nuca con la misma mano en la que tenía un cuchillo, obligándola a hundir la cara en su entrepierna, mientras que el otro, desde atrás, inclinado sobre ella, le desprendía los botones del vestido.