Incardona crudo

06Mar09

La desgrabación en crudo de la entrevista a Juan Diego Incardona publicada acá.

¿Cómo llegaste al Centro Cultural?

Estaban trabajando ahí un par de compañeros de El Interpretador. En un momento me avisaron que necesitaban un profesor para dar un taller y me ofrecí. Yo venía vendiendo anillos; hace 13 años que vendía. Dejé de vender hace más o menos 6 meses.

Estoy como en un proceso de desintoxicación de la venta ambulante. Aunque ya al final no me gustaba, es algo que te captura, te agarra, es difícil. Veo a muchos que me he cruzado, tipos que pasan los años y están ahí, y después ya se vuelve angustiante. No es como al principio: tenés veintipico, estás chamuyando minitas y está todo bien. Ya después de los 30 es cansador, ir al ruido de Palermo Hollywood a la noche. Tiene como algo de mendicidad. Yo renuncié a muchos trabajos que me podrían haber pasado a la relación de dependencia por una apuesta medio instintiva a la literatura: yo quería vivir de eso. Y hace seis meses, más o menos, entre la guita de los talleres que estaba dando –que daba con Santiago Llach- y notas o anticipos que iba cobrando, empecé a sobrevivir. Sin un cobre en el bolsillo: a sobrevivir, apenas a pagar el alquiler.

Y cuando surgió esto me presenté y tenía disponibilidad total. Me anoté ahí para ver si podía dar taller de narrativa, un taller que se llama “La imaginación de lo común”. Me dieron un espacio y empecé ahí a laburar en verano. A todo esto me anoté para el proyecto que está ahora llevándose ahí, un convenio entre Madres de Plaza de Mayo y PAMI. Ellos le dicen “adultos mayores”, lo mío es más de barrio: “los viejos”. Lo digo cariñosamente. La verdad que, al principio, primero entrar ahí [en la ex ESMA] que ya es muy fuerte, y después el impacto de estar así de golpe con gente muy grande, de 80 años, incluso de 90 años.

¿Cómo pensás un taller para gente tan grande?

¿La verdad? Todo lo que pensé se me desmoronó. Eso fue lo mejor.

Yo soy muy programático: armo programas, imagino consignas, dinámicas. Y ya el primer día, se me desmoronó todo. La realidad me demostró que todo lo que tenía planeado no servía para nada. Primero la lógica de la enseñanza era muy difícil de aplicar. Porque, al menos el primer mes, no había continuidad en los grupos. Cada día era como una primera charla: una mañana van 300 viejos de distintos lugares, de Burzaco, Ciudadela. O de hogares y de centros de jubilados, que tienen lógicas distintas. Porque los que son de centros de jubilados, viven en sus casas, van al centro de su barrio, al club. En cambio la gente que es de hogar está mucho más institucionalizada.

Ya eso lo empezás a manejar y a darte cuenta de cómo tenés que manejar los grupos. Pasé de la lógica de la enseñanza a la lógica de la recreación. Empezó a ser recreativo. También está dentro de las ideas que vengo moldeando últimamente, de pensar que la literatura excede a los libros en sí mismos, que la literatura está en todos lados. Todo está lleno de historias. Entonces, con esa vuelta de tuerca dejamos la escritura y la lectura y pasamos a lo oral, y a lo vivencia. A partir de un objeto querido ellos cuentan historias. O cuentan la historia de su nombre.

Después, algo que me sorprendió: ellos vienen de una generación donde en la primaria los obligaban a recitar poesías de memoria.

¿A vos no? Yo me acuerdo el Martín Fierro de memoria.

Sí, sí. Pero me parece que a esa generación fue mucho más que a nosotros. Y viste que parece que cuando llegás a una determinada edad vas perdiendo la memoria a corto plazo, pero no a largo plazo. ¡Se acuerdan poemas de 10 minutos de García Lorca, de Darío!

Algunos son geniales, a algunos ya los bauticé: el poeta campero, la poeta romántica que es una que es todo amor, Nélida la poeta desfachatada que es una Tita Merello. Tengo varios que son como punteros que me traen los viejos de sus centros al taller de literatura, que en principio era el menos popular, todos iban a teatro, a taller de tango. Después, con algunos que me fueron haciendo la segunda fuimos trayendo viejos al taller de literatura. Y ya el viernes pasado hubo como 45 en mi taller.

Pero yo terminé mi parte en el taller, el segundo mes de PAMI me reemplazan. A partir de marzo paso a otro trabajo: me ofrecieron coordinar toda el área de letras del ECUNI. Lo cual cambia mi vida en muchos aspectos.

Económicos.

Laboral, por supuesto. Pero además es un proyecto que realmente me entusiasma. El impacto que tuve al principio y todo lo difícil que es entrar ahí, todas las sensaciones que uno tiene, de algún modo las fui conjurando a nivel individual, experimentando la bondad y el amor que suceden ahí cada mañana. Cada mañana ahí, el arte es un acontecimiento social. El teatro, la música, donde se mezclan distintas capas. Están los viejos de PAMI, vienen pibes de un jardín de infantes de Madres, están los chicos de la villa de Ciudad Oculta y de Ciudadela que hacen de seguridad en el predio, los trabajadores de la UOCRA. Es una mezcla que está muy buena.

Ese impacto que sentiste cuando entraste, ¿lo ves en la gente?

Sí. De hecho, uno piensa, todos pensamos, qué se hace con ese lugar. ¿Qué hacemos? ¿Lo tiramos abajo, lo derrumbamos?

Menem quería hacer el Parque de la Unión Nacional.

Sí, pero hacer un parque… Que la gente que vaya a tomar sol es como reprimirlo. “Acá no pasó nada”. A mí me parece bien que esté el Museo de la Memoria, que eso esté ahí para que no se olvide, pero el predio es enorme, tiene como treinta y pico de edificios.

No me parece mal destinar cada uno a una institución. Ahora abrió la Unesco, va a ir el Canal Encuentro, instituciones educativas, culturales, manteniendo todo el recorrido de la memoria, y en el resto de los edificios, como por ejemplo en el ECUNI, que es el Espacio Cultural de Madres de Plaza de Mayo…

No sé dónde está. Sé que está en la Escuela de Guerra el Archivo Nacional. Después está el Cuatro Columnas, el Casino.

Entre el Casino y la entrada principal hay otra entrada en el medio, con un camino largo. Y desemboca en un lugar que parece era de barracas de los marinos, donde hay un puente grúa gigantesco porque se ve que ahí construían barcos, no sé, o practicaban los marinos. Ese lugar ahora es el Espacio Cultural de las Madres que es donde estamos laburando nosotros.

Hay muchos lugares que están cerrados todavía. Yo ni siquiera conozco todo el predio, sólo una parte. De hecho no se puede pasar por todos lados, hay zonas que están cerradas.

Pero bueno, yo estoy muy contento, la verdad que me enorgullece trabajar para Madres de Plaza de Mayo. Creo que la Fundación incluso excede cualquier gobierno. Va más allá del gobierno de turno, del anterior, del que vendrá. Me parece que es un bastión de resistencia en este país, y que a mí me alegra mucho y me tranquiliza trabajar para la Fundación de Madres. Además porque yo cuando vivía en Villa Celina estuve mucho tiempo trabajando en cosas de barrio comunitarias.

La escritura y la venta ambulante, ambos, son muy solitarios. Ser escritor es solitario, estás escribiendo solo. Y el vendedor ambulante está rodeado de gente, pero está súper solo. Y esto otra vez me vincula con la gente, que a mí me gusta mucho. Y desde lo que más me gusta, que es la literatura.

Hablemos de los libros. Villa Celina hizo muchísimo ruido. Hubo reseñas muy favorables, en FILBA lo mencionaron en una mesa de Beatriz Sarlo. Vos sabés que yo tengo mi cuento favorito, que es el de Narices, pero Villa Celina hizo ruido.

Sí, a mí por supuesto que me pone contento que mucha gente lo reseñe, que a gente que está pensando permanentemente la literatura le haya interesado hablar del libro, me pone contento. Pero lo que realmente me emociona, que está pasando un poco tardíamente, es que se está corriendo mucho la bola por allá, por la zona de mi barrio.

Todo el tiempo recibo mails de pibes, incluso adolescentes, que leyeron el libro. Sé que lo están dando en un par de colegios de allá. Un poco también por la difusión que tuvo en revistas de rock. Muchos seguidores de Viejas locas, de Intoxicados fueron al libro por eso, y después la gente que es Villa Celina y aledaños se enteró y lo compró.

En enero salió como nota de tapa en la revista de Villa Celina, que es una revista de distribución gratuita, tiene una tirada muy grande y llega a todo el barrio. Tiene mucha historia esa revista porque tiene como veinte años, entonces todos la leen. Y así es como que se terminó de enterar todo el barrio. Le preguntan a mi vieja, a mi hermana, que viven ahí. Y eso es lo que me emociona.

¿En Villa Celina está el de San La Muerte?

¿”Víctor San La Muerte”? Sí.

¿Pero en qué otro lado lo leí?

“El perro dos narices” lo leíste en Buenos Aires 1:1.

Y San La Muerte lo debo haber leído también en alguna página web, puede ser.

Está en La Contrarreforma.

Claro, está bien. Porque yo sabía que de algún lado lo había leído.

Lo que pasa que “El perro dos narices”… Cuando Terra hace esa antología me dijo que no podía ser del Conurbano. Entonces yo elegí ese que de última pasaba un poco en Lugano [Risas]. Pasa un poco en Lugano, un poco en Celina. Claro, a vos te llama la atención los que tienen animales. Porque Víctor San La Muerte es el tipo que levanta los animales muertos de la calle.

No sé, a mí lo que me gustó de Narices es la historia del nene, la bicicleta…

Y Objetos Maravillosos podría ser una especie de apéndice de Villa Celina.

Sí, ese fue el primer libro, es un diario. En realidad, lo escribí simultáneamente con Villa Celina. Eran todas las crónicas que yo iba escribiendo en el blog. Que las escribía muy rápidamente, no cuidaba demasiado la composición. Era como más dar cuenta lo que a mí me pasaba cuando vendía.

Bueno, pero tenés el cumpleaños si no me acuerdo mal…

Claro, juega con la tensión del barrio y la ciudad. Se fue dando medio instintivamente, no es que lo armé. Es muy autobiográfico, todo el tiempo el viaje de una hora entre Villa Celina y Palermo.

Después viene el libro de cuentos, Villa Celina. Muchas son anécdotas autobiográficas, armadas como siguiendo una composición del cuento. Hay encadenamientos de escenas en donde la producción narrativa se da como pensando, incluso, en cuentos como más clásicos.

Ahora viene la novela: diario, cuento, novela.

¡Ah! ¿Cuándo viene?

En julio, aparentemente.

¿También por Norma?

No: por Mondadori. El campito es una continuación de Villa Celina. No es “la” continuación sino “una” continuación.

¿Pero retomás algún cuento en novela o es otra historia?

No, sucede en la zona. Aunque mucho pasa en Villa Celina, inaugura un universo nuevo. Es el doble de Villa Celina. Es un libro que vengo escribiendo hace dos años, que está dividido en 5 capítulos largos, todo en continuado. Básicamente es la historia que cuenta un ciruja, que existió, pero su historia es de fantasía. Es una historia que les cuenta a los personajes de Villa Celina cada vez que viene al barrio. El vive dando vueltas por los potreros, los campitos, como a orillas del río Matanza, donde él cuenta una historia de fantasía, donde la flora y la fauna son como fantásticas debido a la contaminación. Es una historia de aventura y de guerra. Una guerra en un tiempo mítico entre el peronismo y el antiperonismo, donde hay un montón de barrios que están construidos como Ciudad Evita. Viste que Ciudad Evita es la cabeza de Evita.

Se dice, no sé si es verdad.

No, es verdad: lo podés ver en Google Earth. Se ve el rodete, todo. Después si querés te paso la foto. Es como un busto, pero arqueológico.

Bueno, en la novela hay un montón de barrios siguiendo las figuras del peronismo. Está el Barrio Mercante, el Barrio Gatica, el Barrio Pascual Pérez. En cada uno hay una rama del peronismo. Y lo que sucede es que el ejército, la gendarmería, en un clima de guerra, invaden La Matanza. Todo el capítulo 5, que es el capítulo más largo, casi la mitad de la novela, es una especie de Eternauta político. Por la zona de Villa Celina, Camino de Cintura, Mercado Central, hay guerra de tanques, batallas aéreas. Todo épico.

Toda esta historia es contada por el ciruja a los personajes de Villa Celina. Cada vez que él viene se reúnen para escucharlo. Es como un relator y a medida que avanzan los capítulos se junta más gente. De algún modo hice pasar por Villa Celina distintas figuras de la literatura y de la historia. Como tamizar la historia… una historia mítica.

No revisionista.

No, no hay ningún tipo de… O sea, cuando la leas te vas a dar cuenta de que es un delirio total. [Risas]Más que nada se trata de fantasear por esas zonas grises de la historia que dan como mito. Como por ejemplo si Ciudad Evita tiene la cabeza de Evita, que vos ponés en duda. El peronismo tiene mucho de eso, es un buen combustible para la literatura en este sentido.

Después de dos años, la terminé hace un par de semanas, y la verdad que fue muy emocionante. Nunca me había pasado escribir una novela tan larga y la relación afectiva que tenés con los personajes, estás con ellos encerrado en tu casa, seis, ocho horas.

Vos por un lado escribís en blogs, después en la web de El interpretador, después tenés muchos cuentos y de repente te lanzás a una novela. ¿Cómo convivís con la ansiedad? Que me imagino que la inmediatez en la novela debe conspirar mucho.

Sí, es verdad, soy muy ansioso. Creo que soy un cuentista más que otra cosa. Pero también escribí poesía. Yo leo mucha poesía. Me parece que para escribir narrativa es muy útil leer poesía. Yo conocí mucha poesía de los ’90. Es más, siento que los poetas son mis hermanos mayores, no los narradores. Pero no estoy contento con mi poesía, escribo pero no lo logro. Me sale mejor narrar.

Pero no sé, se fue dando. Es como que fui como bajando los niveles de ansiedad y me la banqué y escribí esta historia. Ya había tenido un par de intentos. Hay una novela vieja que está… de una época que también los cuentos están todos desechados, anterior al mundo de Villa Celina y Objetos Maravillosos.

Tengo otra que nunca la termino de corregir, que es Samper, que publiqué en El interpretador en forma de folletín, y es una novela también. Es como una Naranja Mecánica, de una pandilla que prefiguraban a los emos, pero estos era violentos. Unos pibes que se visten con polleras, muy darks, y que odian a los artistas, van a las muestras y queman todo. Está todo escrito en una jerga que me armé. Pero no sé: hay algo que no me termina de cerrar, nunca la termino de armar.

Siento que me consolidé más en el mundo de Villa Celina. Por suerte, yo no quería repetirme y El campito, aunque continúa, es algo completamente distinto. Quizá por el género. Es algo de fantasía. Lo cual es un desafío, porque vos fijate que últimamente no se escribe mucho fantasía.

Bah, por lo menos en los circuitos en los que nosotros nos movemos. Por supuesto que hay otros, pero más que nada hay mucho, incluso yo, mucha gente que curte el realismo y algo del fantástico queda, que también tiene mucha historia, pero fantasía…

Bueno, Leo Oyola escribe fantástico.

Pero a Leo lo nutre mucho el policial negro y a mí me nutre mucho la aventura. Eso lo hablamos con él.
Aparte, Leo es uno de los escritores actuales que más me gustan. Me parece que es un tipo muy bueno. Arma bien.

Lo interesante es cómo uno escribe versiones locales de los géneros. De géneros que son el policial, el terror, el suspenso, el fantástico. Charly Gamerro, por ejemplo, escribió un decálogo del policial argentino. Cómo sería el policial argentino. Está el policial inglés, el policial norteamericano. El dice, por ejemplo, que acá la culpa la tiene la policía. El enigma no es quién es el culpable. Acá se sabe quién lo mató, quién es el culpable, pero lo que no se sabe es dónde está el cuerpo. Justamente, acá el enigma es encontrar el cuerpo.

Pero bueno, el desafío era escribir fantasía, que no es lo mismo que fantástico. El fantástico es como un efecto que irrumpe en un marco como realista. Incluso como lo explicaba Todorov, tiene que existir la posibilidad racional, hay como una duda entre lo sobrenatural y lo racional. Ese momento inquietante, de duda del protagonista. Pero todo lo demás, el mundo donde se produce ese fantástico es el mundo realista.

La fantasía es como un mundo paralelo, se parece más a la ciencia ficción, maravilloso, donde ya se genera una verosimilitud de entrada. En El campito hay jardines de campo transparente, monstruos de 10 metros, un bagre gigante. Es todo un mundo. La cuestión es que yo no quería hacer El señor de los anillos, inventar fantasía de un repollo. Yo sigo trabajando con el conurbano. Y la cuestión era cómo hacer fantasía, ni siquiera argentina, si no una fantasía celinense, a partir de un género universal. Pensé: ¿acá qué tenemos? Tenemos un río contaminado, basurales, tenemos barrios monoblock, tenemos el peronismo, tenemos un montón de cosas. Bueno, a partir de eso, generar la fantasía. Es un poco también como el nombre del taller que estoy dando: “La imaginación de lo común”.

¿Y en algún momento vas a dejar Villa Celina? ¿O te convertiste en el juglar del Conurbano?

Villa Celina no lo voy a dejar nunca, va más allá de la literatura, viví 28 años en la misma casa. Es mi lugar, desde ahí yo pienso. Y desde ahí represento. De hecho en El campito aparecen un montón de cosas que las hago pasar por Villa Celina. De golpe se mezcla la Juanita con figuras como Hugo del Carril.

La cuestión es ver qué pasa si traemos a esos personajes o esas figuras nacionales y las paso por el filtro de lo barrial. Que yo ya lo venía diciendo en Villa Celina. Para mí esto de la literatura barrial o el barrialismo que pueda haber en Villa Celina no es tan así: a mí me gusta pensar que este barrialismo es una literatura nacional, que da cuenta de un universo mayor, y que se vincula con la política, con la cultura y con un montón de cosas, que es la literatura que a mí me gusta. Aunque toda la literatura se puede leer en ese marco, me gusta también que sea algo decidido. Tirar esas líneas. Me interesa.

Pero me perdí, me estabas preguntando algo y me fui por las ramas.

Te preguntaba si en algún momento pensabas dejar de narrar Villa Celina.

¡Ah! Eso. No: ya en El campito dejo Villa Celina.

En El campito, está la zona de los barrios bustos. Porque están los barrios bustos y los barrios públicos. Los barrios públicos son los que figuran en la dirección del catastro: Villa Celina, Tapiales, Aldo Bonzi. Y los barrios bustos son los que cuenta Carlitos que son los que tienen cabezas de próceres. En el Barrio Mercante, por ejemplo, están los enanos peronistas, que son chicos del hospital de lactantes que por la desnutrición que vivió la Argentina no crecieron más de un metro. Tienen un caudillo que es Cardenal Mercante.

Después están las Delegadas Censistas. Las delegadas censistas eran las primeras mujeres de la Fundación Eva Perón, que iban por todo el país censando a todas las mujeres peronistas, fueron 23 primeras delegadas censistas. Bueno yo tomo algunas y también están ahí, en ese barrio.

¿Hiciste un trabajo de investigación para crear los personajes?

Yo hace mucho que leo, me gusta mucho leer historia argentina. No sólo del siglo XX sino del siglo XIX.

Y suscribís al peronismo, te sentís peronista.

Sí, absolutamente.

Y entonces, a partir de eso, generaste esta historia.

Sí. Igual, más allá de la cuestión ideológica, la novela es un desarrollo de la imaginación. Incluso a veces pone en crisis la propia ideología. De eso se trata: no de hacer un panfleto político. De pronto, uno se encuentra a sí mismo políticamente incorrecto con lo que piensa, porque la imaginación te lleva puesto. Y a veces te tenés que moderar.

Pero bueno, estos campitos están ahí: entre Lomas de Zamora, Esteban Echeverría y La Matanza. Se abrió un poco lo de Villa Celina y ya incluye otra cantidad de barrios y partidos. Y bueno, ahora vamos a ver qué hago. Si me sigo metiendo hacia el interior de la provincia. [Risas]
Cada libro es como un viaje.

Tenés el diario que es un intercambio con la capital. Tenés Villa Celina que es todo Villa Celina. Ahora tenés algo más que es el conurbano. Por ahí podés seguir alejándote.

Sí, tengo un par de ideas para nuevos libros. El Campito deja abierta la posibilidad de continuarlo y se me ocurren un par de continuaciones.

Pero también hace mucho tengo ganas de escribir una novela industrial. Probablemente me ponga a trabar con eso. Tengo la atmósfera, tengo la tensión, pero todavía me falta la intensidad de la historia. Tengo el mundo, yo fui al industrial, mi papá es tornero, iba con él a la fábrica…La artesanía y joyería, incluso yo soldaba con plata. Un trabajo industrial. Estudié un poco de ingeniería mecánica en la Universidad Tecnológica.

Conozco mucho del ambiente fabril, un mundo que resulta medio arcaico, el de la tornería. Creo que hasta se necesitan torneros y no hay. Ya nadie estudia tornería. Hubo cierta reactivación, porque en los noventa las fábricas se cerraron todas. En mi barrio yo vi cómo se fueron desocupando los torneros, freseros, los matriceros. Todos los tanos que estaban ahí, que laburaban de eso. Incluido mi papá que se quedó sin laburo. Ahora parece, según me enteré, que hacen falta esos oficios. El oficio tornero, el oficial fresero, que era como el operario que se especializaba en la máquina.

Me gustaría armar una novela en ese mundo industrial.

¿También situada en el peronismo?

Sí, pero ya no tocar tanto desde ese lugar. Por supuesto que el imaginario industrial se toca con el peronista, evidentemente.

El campito es una novela más santoriana, por Santoro. Él trabaja mucho la mitología en su obra pictórica y yo la trabajo directamente, trabajo la simbología peronista. En cambio, si me mando con esta novela industrial, le quiero entrar más por otro lado, más que nada para buscar variantes, abrirse y no repetirse. Meterme un poco más en eso, vamos a ver cómo es que lo hago.

Está Sergio Raimondi, el poeta de Bahía Blanca, que escribe su poesía del puerto, de Bahía. Eso está bueno. Después habrá uno o dos más, pero no recuerdo en este momento una novela que te cuente un mundo bien así, industrial, duro. Están también la película -de ¿Trapero?- Mundo Grúa.

No importa: las historias se pueden repetir, los mundos se repiten, eso no hay problema. Lo interesante es cómo uno actualiza géneros o temas a partir del cruce que uno hace de la literatura con su experiencia, su modo de observar y de imaginar.

Lo llamativo es que vos entrás por ciertos tópicos duros, pero tiene mucha sensibilidad en la forma que escribís.

No sé.

Hablás de la pobreza, de muertes, de fábricas desocupadas, pero de repente…

[Interrumpe] Pero no lo agarro del lado del regodeo y el lamento. De hecho los mundos contaminados de Villa Celina y El campito son como un mundo feliz. Nosotros íbamos a jugar entre la basura, perros muertos y autos quemados, y para nosotros era genial estar ahí. Era un momento de felicidad. Era aventura.

Por eso cuando leo a Mark Twain me siento muy identificado. Nuestras banditas de pibes a orillas del Río Matanza… éramos como Tom Sayer, Huck Inn, era nuestro Mississippi. Y el Mississippi argentino es eso: abajo debe haber autos quemados, muertos, de todo.

Por eso es hacer como la versión local de los géneros. Ahí es cuando la literatura no se repite.

No me gusta la literatura que sobreimprime una representación sobre otra. Está bueno dialogar con la literatura, como con otros discursos y representaciones. Que sea un diálogo. Que sea la única cantera para tus temas y tu imaginación. Faulkner decía que las necesidades de un escritor eran tres: la experiencia, la observación y la imaginación. Dejaba a la inspiración de lado … él nunca la vio. A mí me gusta porque pensás todo el tiempo en vincular la literatura con lo referencial, ¿no? La experiencia, el modo de observar y la imaginación que, aunque es como una mentira, es una verdad tuya. Nace tanto de la experiencia como de la observación. Parece que esas dos son primeras y después viene la imaginación. Yo le agregaría una y está relacionado con lo que me dijiste: sentimiento. Que no es lo mismo que sentimentalismo, sensiblería o catarsis. A mí me gusta el escritor que asume como un riesgo o escribe mal en busca de algo difícil de encontrar, que es como una fibra íntima, como una esencia de la literatura. Un sentimiento, una emoción, algo que está ahí.

¿Viste esas historias que uno recuerda y nunca se va a olvidar? No tienen tanto que ver con la corrección de la gramática, o con el gran manejo de una estructura narrativa. A veces tiene que ver con otra cosa, con una potencia en la forma de ver las cosas. De contar, no sé. De plasmar una emoción.

Anuncios


No Responses Yet to “Incardona crudo”

  1. Dejar un comentario

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: