La cuarta pared

23Mar09

Tomemos, por caso, “La cuarta pared” de Abelardo Castillo.

El primer párrafo del cuento, largo, de casi una carilla, nos sitúa: si se borra la pared de una sala, nos encontraremos con una mujer que, entre inquieta y fastidiada, espera que el marido la llame. Se menciona un autorretrato de Van Gogh con la oreja cortada. Las campanadas de la Iglesia vecina dan las siete de la tarde y el teléfono no suena. Está impaciente, obviamente, por celos.

Finalmente él llama y sucede lo imprevisto: no le atiende. Recién entonces comprendemos: ¡él es que está consumido por los celos! Vuelve a llamar y ella otra vez lo deja sonar. Pero si está en casa, ¿por qué no contesta? Porque no necesita demostrarle nada. Se sabe moralmente superior. Castillo pudo haber dicho “el reloj marcaba las siete”, pero no: lo supimos por las campanadas de la Iglesia. La castidad, la pureza.

El teléfono vuelve a sonar. Ella anticipa: “entonces va a pedir perdón y va a jurar portarse como un chico bueno”. Hay que releer la frase. ¿Entonces? Entonces ¿qué? Pero no hay error, ella sabe lo que va a venir. Unos párrafos más adelante, intuimos que lo que viene es una golpiza terrible e infundada.

¿Por qué no lo atiende? He aquí la paradoja: la moral de ella está tan por encima de la él, que puede permitirse herirlo y hasta odiarlo. Que sufra de celos. Aun sabiendo que él le va a pegar, lo disfruta. Se regocija en el dolor que le está provocando ahora, y lo hará también más tarde, cuando él –como Van Gogh, que se cortó la oreja por remordimientos– le ruegue su perdón.

El teléfono insiste unas cuántas veces más, perdemos la cuenta. Ella misma se sorprende: “Ah, no estamos convencidos, o a lo mejor te imaginás que te voy a atender”.

Castillo se limita a describir la escena. No tiene el control del relato. Deja que sea ella quien, a través de soliloquios, nos cuente qué está pasando. Es una elección difícil, pero es lo que requiere el cuento.

El teléfono ya no suena, pero ella sigue hablando. Así nos enteramos de que el marido es un hombre exitoso, un hombre “superior”, que vive acuciado por los celos, piensa que ella lo engañará con sus alumnos: puta, le ha dicho, me vas a traicionar algún día. Está loco o enfermo, nosotros ya nos pusimos a favor de la inocente.

¿Acostarse con la mujer del hombre admirable? ¿Ellos en la propia cama del hombre admirable? “Uno solo no se decidió –dice ella-: fue el único”.

De repente todo queda trastocado, el castillo moral de mujer se derrumba y el marido deja de ser la presa de una imaginación enfermiza. Vuelve a sonar el teléfono, rompiendo el silencio de la tarde. Ahora sí responde y escucha lo que más o menos esperamos: su cuñada le avisa que algo grave le ha pasado a él. Y por grave se entiende sola una cosa: que ha muerto.

Resta saber si él había hecho alguno de los llamados iniciales. Es decir: si él, ante la falta de respuesta, se hubiera suicidado. El cuento se cierra, la última ambigüedad queda en el aire.

Si ahora decimos que él se llamaba Andrés Córdoba (AC, Abelardo Castillo), que era escritor (como Castillo) que daba talleres literarios (como Castillo), entonces entendemos por qué Castillo no puede contar la historia, por qué debe ser la mujer la que hable. Esa cuarta pared separa al escritor de sus personajes, y desvela sus miedos.

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One Response to “La cuarta pared”

  1. 1 Concepción

    Me parece que tenés que leer el cuento otra vez porque no entendiste nada. Y una pregunta…de dónde sacaste que las campanadas vienen de una Iglesia? “Ahora mira el reloj: todavía no se ha apagado el sonido de la última campanada de las siete”, es un reloj que tiene en la casa.
    Y el final leélo bien por favor, que no se suicida nadie, ni la hermana le dice nada de lo que escribís.
    Hay que tener cuidado cuando se publica una nota de este tipo.
    Saludos,
    Concepción


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